lunes, 2 de abril de 2012

El problema del sujeto

Unidad 2. El problema del sujeto. Del individuo a la subjetividad

Consideraciones acerca de los conceptos de Individuo, Psiquismo, Sujeto, Subjetividad

El Yo consta de un Yo “extenso” que comprende la propia familia, los amigos, las posesiones, etc.
William James, 1890

La subjetividad es el andamiaje de sentido que hace a todo sujeto convertirse en humano e integrarse al mundo. Se trata de un concepto que posee un significado abarcador y denso en el que podemos asomarnos a una inacabable pero legible dramática que hace que un niño o adolescente ame y odie como lo hace, hable como escuchamos que habla, o posea una géstica y comportamientos que expresan tanto su desarrollo neural como el resultado de múltiples socializaciones, sumado al procesamiento que él mismo realiza de todo ello (lo que el psicoanalista Laplanche denomina ´autoteorización´). Esta subjetividad es el producto necesario e inevitable de la socialización que realizan con la cría los semejantes humanos. Como señala Castoriadis: “el mundo donde el sujeto tiene que ubicarse es el mundo humano y social, tal como se le presenta por delegación a través de la pareja parental y, en primer lugar, a través de la madre o quien haga las veces de ella, eso que la psicoanalista Piera Aulagnier llamó ´el portavoz del conjunto´”. Por ello sostenemos que todo sujeto es un infinito entramado de sentido que se halla muy lejos de reducirse a un cociente de inteligencia o al complejo edípico.
Ayudémonos con otra reflexión de Castoriadis acerca de lo que entiende por socialización: “socializándose, es decir, convirtiéndose en individuo social, la psique interioriza las significaciones imaginarias y sociales y ´aprende´ que el verdadero ´sentido de la vida´ se halla en otra parte; en el hecho de contar con la estima del clan o e esperanza de poder descansar un día junto a Abraham o en un ser santo o en acumular riquezas, o desarrollar las fuerzas productivas, etc.”. Aquí es de importancia destacar una diferenciación: por una lado la psique (el aparato psíquico en términos freudianos) y por el otro lo que denominamos subjetividad. Entendemos por psiquis el aparato diferenciado en tópicas diversas y definidas: inconsciente, y el sistema preconciente-conciente. Este último implica un yo como sede de la representación de sí. Pero el aparato psíquico no es idéntico al sujeto. Señala al respecto Bleichmar: “el aparato psíquico no se reduce al sujeto. Precisamente, el inconsciente es lo que constantemente se sustrae al sujeto; de modo que, del lado del inconsciente, la temporalidad no existe como tal, no hay historización. Diferenciar entre condiciones de producción de subjetividad y condiciones de constitución psíquica puede definirse en los siguientes términos: la constitución del psiquismo está dado por variables cuya permanencia trasciende ciertos modelos sociales e históricos. La producción de subjetividad por su parte, incluye todos aquellos aspectos de producción y reproducción ideológica y de articulación de variables sociales que lo inscriben en un tiempo y espacio particulares desde el punto de vista de la historia política”, así como de la historia de las costumbres, la vida privada, en suma, del devenir humano.
La subjetivación entonces, no puede entenderse si no es a través de la incorporación de las significaciones imaginarias sociales. De allí que como cada sociedad considerada implica imaginarios diversos, no puede pensarse en una configuración única de estructuración del sujeto. En palabras de Ana Fernández: “lo que hoy en día está puesto en cuestión es la existencia de un mecanismo universal de estructuración del sujeto”. Cuando hablamos de aparato psíquico en cambio, buscamos y hallamos universales que pueden comprenderse como propios de la especie humana como tal. Este es un mecanismo universal pues universal es la asimetría entre la cría humana y el adulto responsable de su sobrevivencia. Cuando hablamos de subjetividad pensamos más en configuraciones de sentido epocales, ideológicas, sociales, profundamente vinculadas a los “contenidos” de los imaginarios propios de una sociedad determinada en una época definida.
Lucio Cerdá

La identidad debe ser entendida como un trabajo psíquico y social siempre en reformulación, por el que cada sujeto no cesa de construirse y de ser construido. La identidad anuda lo biológico, lo social y lo subjetivo sin por ello volverse una esencia estable, ya que el sujeto siempre puede cambiar. En la identidad se ponen en juego herencia y creación, continuidad y ruptura. Deseo de inscripción y deseo de reconocimiento. Descartada toda hipótesis que propusiera la identidad como algo fijo, cristalizado, inalterable, ninguna identidad queda atrapada en lo dado y pasa a reconocérsela con un trabajo que procede por identificaciones. Podríamos precisar el concepto de identificación recurriendo a los aportes del psicoanálisis. Desde dicha perspectiva la identificación es un proceso por el cual el sujeto de constituye y se transforma asimilando o apropiándose de aspectos, atributos o rasgos de los que lo rodean. El sujeto accede así a su identidad a través de otros, o dicho de otro modo, la identidad se juega  y despliega a través de más de una relación.
Graciela Frigerio

Identidad: la temática identitaria se introduce en las ciencias sociales a partir de la influencia del psicoanálisis y no comienza a ocupar un lugar central en ellas sino a partir de la década de 1960. Por lo general, al hablar de identidad hablamos de dos situaciones diferentes: o bien puede manar de una cualidad intrínseca de las cosas, o bien puede ser construida desde la razón, identificando dos cosas que en su naturaleza son distintas. Estas dos maneras de entender la identidad sobreviven hasta hoy en las ciencias sociales, y se presentan de manera encontrada: los esencialsitas, que consideran que la identidad mana de una naturaleza idéntica compartida, y los construccionistas, que consideran que la identidad es construida artificialmente en la interacción social.
A diferencia de estas dos posiciones, la postura posestructuralista proclama “la muerte del sujeto”. Según Foucault, la imagen totalizadora –tanto del individuo como del Estado- es una representación falsa del poder que debe ser resistida, y que reside en un entramado complejo de discursos e instituciones. Por ello, este autor advierte que “tal vez la meta de hoy no sea descubrir quiénes somos, sino rechazar lo que somos. Tenemos que imaginar y construir lo que podríamos ser para trascender aquel dilema de la política, que es la individualización y la totalización de las estructuras de poder modernas”. Desde este punto de vista, resulta problemática la propuesta de las identidades fijas (en las que se da una síntesis entre el desarrollo psicológico y la situación social del individuo), como aquella que imagina la identidad como un producto manipulado por el individuo para adecuarse a sus estrategias e intereses. Para Foucault, por el contrario, la imagen de la soberanía, ya sea como voluntad conciente individual o como voluntad colectiva, es un producto de los mismos discursos en que se van formando las categorías centrales de la identidad.
Claudio Lommintz, “Términos críticos de sociología de la cultura”

Individuo: sinónimo de persona, derivado de una conceptualización medieval de la naturaleza de Dios: tres personas en una sola. Como adjetivo indica aquello que ya n puede dividirse más, término que se emplea en oposición a colectividades y generalidades de diferentes tipos. Cuando la palabra parece sin ninguna connotación de contraste con un grupo y se aplica a personas, se la usa en una acepción que el Oxford Dictionary desaconseja: “ahora sobre todo como un vulgarismo coloquial, o como término de menosprecio”. Pero, por supuesto, este es precisamente el sentido actual más familiar de la palabra individuo.
John Hartley. “Conceptos clave en comunicación y estudios culturales”

Identificación: se llama así al proceso mediante el cual el sujeto mezcla por lo menos algo de la identidad de otra persona con la propia. Como señala Rycroft, la identificación puede manifestarse 1) extendiendo la propia identidad a alguna otra persona, 2) haciendo propia la identidad de alguna otra persona, o 3) confundiendo la propia identidad con la de alguna otra persona.
La identificación se puede considerar un mecanismo de defensa mediante el cual la autocrítica lleva a adoptar la identidad de otro al parecer capaz de afrontar la amenaza en cuestión. A veces podemos emular y hasta crear un tipo de héroe o heroína que logra éxito y puede superar las principales frustraciones que se nos presentan en la vida cotidiana. Tal identificación se puede hacer con alguna entidad mítica construida por la fantasía, con imágenes mediáticas o con la experiencia directa de otros en el interior de grupos.
Danny Saunders, “Conceptos clave en comunicación y estudios culturales”

Para Freud, el niño se identifica con su padre porque tiene en él el ejemplo más próximo de quien ha conseguido el objeto de su deseo (la madre). Por ello, la identificación puede estar cargada de ambivalencias. Después de la infancia se produce la identificación con personas que comparten alguna cualidad con el sujeto, pero que no son en sí mismas el objeto de su deseo sexual. Para Freud, la identificación es una expresión primaria de un lazo emocional con un otro, y es por ello que los líderes de masas pueden llevar a sus seguidores a la irracionalidad.
Claudio Lommintz, “Términos críticos de sociología de la cultura”

Sujeto/Subjetividad: pueden considerarse tres acepciones de esta palabra. 1) el sujeto, según se lo entiende en la teoría política: el ciudadano sujeto al Estado o la ley. Este sentido implica la falta de libertad de acción respecto del poder al que se halla sujeto; 2) el sujeto según se lo entiende en la filosofía idealista: el sujeto pensante, el asiento de la conciencia. Este sentido implica una división entre sujeto y objeto, entre pensamiento y realidad o entre el yo y el otro. De ahí que la subjetividad en este sentido sea la representación de aquello que el yo percibe como opuesto a lo que se supone que en realidad existe; 3) el sujeto, según se lo entiende en la gramática: el sujeto de una oración (aquello de que habla el predicado) y por lo tanto el tema de un discurso o un texto, es decir, aquello que determina o realiza la acción.
La acepción 1) permite entender la subjetividad como una relación social, es decir que nuestra subjetividad no es una propiedad que cada uno de nosotros posee sino que, por el contrario, estamos sujetos a diversas instituciones. Nuestra identidad individual se ve, pues, determinada, regulada y reproducida como una estructura de relaciones. Por ejemplo, podemos estar sujetos (o sometidos) a un afecto/autoridad parental; a una protección / compulsión legal; a una empresa / explotación comercial; a determinadas características/ estereotipos nacionales o culturales; y así sucesivamente. Hacer participar el sentido 1) alienta pues una noción de subjetividad que no es “inherente” al sujeto ni tampoco es unitaria: así como estamos sujetos y sometidos a esas diversas fuerzas, nuestra subjetividad también es una mezcla contradictoria de “identidades” que se confirman y se oponen.
La acepción 2) resulta impropia. La subjetividad es el asiento de la conciencia, pero este modo de definirla sugiere la existencia de una conciencia o una identidad unitaria libremente fluctuante, que aparece entonces como la fuente de acción y de significación antes que como su producto. El individualismo implícito de esta postura filosófica no logra explicar la función que desempeñan las relaciones sociales y el lenguaje en cuanto a determinar, regular y producir lo que pueda ser un “sujeto pensante”.
La acepción 3) permite tomar en consideración el rol determinante, regulador y productor del lenguaje, el discurso y la producción de sentido. Los textos y los discursos son los medios a través de los cuales se comunica la relación entre lo social (acepción 1) y el sujeto (acepción 2). Pero así como la conciencia no es una entidad libremente flotante, los textos y los discursos mismos tampoco lo son: se determinan, se regulan y se producen según las circunstancias históricas de tiempo, lugar y estructura.
John Hartley. “Conceptos clave en comunicación y estudios culturales”

Somos una colonia de Yoes posibles, entre los que se encuentran algunos temidos y otros deseados, todos ellos aglomerados para tomar posesión de un Yo actual.
H. Markus y P. Nurius

¿No es el Yo una relación transaccional entre un hablante y un Otro: de hecho, un Otro generalizado? ¿No es una manera de enmarcar la propia conciencia, la postura, la identidad, el compromiso de uno mismo respecto a otro? El Yo, desde este punto de vista, se hace “dependiente del diálogo”, concebido tanto para el receptor de nuestro discurso como para fines intrapsíquicos. El Yo debe considerarse como una construcción que procede del exterior al interior, tanto como del interior al exterior; de la cultura a la mente, tanto como de la mente a la cultura.
El Yo, como cualquier otro aspecto de la naturaleza humana, es tanto un “guardián” de la permanencia como un “barómetro” que responde al clima cultural local. La cultura asimismo, nos procura guías y estratagemas para encontrar un “nicho” entre la estabilidad y el cambio: exhorta, prohíbe, tienta, deniega o recompensa los compromisos emprendidos por el Yo. Y el Yo, utilizando su capacidad de reflexión y de imaginar alternativas, rehuye o abraza o reevalúa y reformula lo que la cultura le ofrece. Por consiguiente, cualquier intento por comprender la naturaleza y orígenes del Yo es un esfuerzo interpretativo semejante al que realiza un historiador o un antropólogo al trata de comprender un “período” o un “pueblo”.
El Yo cuenta historias en las que se incluye un bosquejo del Yo como parte de la historia, elabora relatos sobre una vida, una narración en cuyo centro se encuentra un Yo.
J. Bruner

Estamos siempre contando historias sobre nosotros mismos. Cuando contamos estas historias a los demás, puede decirse, a casi todos los efectos, que estamos realizando simples acciones narrativas. Sin embargo, al decir que nos contamos las mismas heridas a nosotros mismos, encerramos una historia dentro de otra. Esta es la historia de que hay un yo al que se le puede contar algo, un otro que actúa de audiencia y que es uno mismo o el yo de uno. Cuando las historias que contamos a los demás sobre nosotros mismos versan sobre esos otros yoes nuestros; por ejemplo, cuando decimos “no soy dueño de mí mismo”, de nuevo encerramos una historia dentro de otra. Desde este punto de vista, el yo es un cuento. De un momento a otro y de una persona a otra este cuento varía en el grado en que resulta unificado, estable y aceptable como fiable y válido a observadores informados.
Como proyecto de desarrollo personal, el análisis personal (en la relación paciente-terapeuta) cambia las cuestiones principales que uno formula a la narración de su propia vida y las vidas de otras personas importantes para uno.
El reto al que se enfrentan paciente y terapeuta se convierte en un intento de volver a contar una narración de sí de una manera que permita comprender los orígenes, significados e importancia de las dificultades actuales del paciente, y de un manera que el cambio resulte concebible y alcanzable. Durante este proceso, ambos se concentran no sólo en el contenido sino también en la forma de la narración, es decir, la acción de la narración, en la que el acto mismo de relatar es tratado como el objeto que hay que describir, en lugar de tratarlo como un medio transparente. La opacidad de la narración, su circunstancialidad, su género, se consideran tan importantes como su contenido o, de cualquier manera, inseparables del mismo. El Yo del paciente se convierte, por consiguiente, no sólo en un hacedor de relatos sino además en un narrador con un estilo peculiar.
R. Schafer

Logramos nuestra identidad personal y el concepto de nosotros mismos mediante el uso de la configuración narrativa, y damos unidad a nuestra existencia entendiéndola como la expresión de una historia singular que se despliega y desarrolla. Estamos en medio de nuestras historias y no podemos estar seguros de cómo van a terminar; tenemos que revisar constantemente el argumento a medida que se añaden nuevos acontecimientos a nuestras vidas. El Yo, por consiguiente, no es una cosa estática o una sustancia, sino una configuración de acontecimientos personales en una unidad histórica, que incluye no sólo lo que uno ha sido sino también previsiones de lo que uno va a ser.
D. Polkinghorne

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